LA CIVILIZACIÓN MAYA

La civilización maya debe inscribirse dentro de las grandes civilizaciones mesoamericanas, toda vez que hubo rasgos culturales comunes entre ellas (olmeca, teotihuacana, zapoteca, mixteca, tolteca y mexica), como el uso del calendario sagrado, junto con otro solar de 365 días, ciudades-estado gobernadas por una sola persona que concentraba el poder político, civil y religioso; un modelo social estratificado, etc.

La civilización maya tuvo, sin embargo, características propias que la sitúan entre las grandes civilizaciones de la historia de la humanidad. La precisión en la medida del tiempo, pudiendo determinar una fecha pasada o futura con verdadera exactitud e indicando la situación de la luna y Venus en el día elegido; la expresión escrita mediante una combinación de logogramas y signos fonéticos que permitían expresar cualquier idea o relatar hechos; la utilización de un falso arco que permitió embellecer y dar espacio a sus construcciones; la erección de estelas en ciclos de tiempo regulares, inscribiéndose hechos históricos con sus correspondientes fechas acompañadas, frecuentemente, con la imagen del personaje que mandó erigir la estela en tamaño natural, configuran algunos de los aspectos auténticamente singulares del esplendor maya; la cosmovisión integradora del espacio y del tiempo, la división del mundo en cielo, tierra e inframundo, cada uno con sus habitantes e interrelacionados a través del gobernante, verdadero intermediario entre dioses, seres vivientes y difuntos. La combinación de conocimientos astronómicos y matemáticos permitió realizar obras arquitectónicas que aun hoy serían difíciles de lograr, pues muchos de sus monumentos debían tener una exacta posición en relación con los puntos cardinales y el movimiento de los astros.

Se aplicaron en el cálculo y en la cronología, y la complejidad de los ciclos y de las formas de calcular las fechas les obligaron a recurrir a una cantidad de números que otras civilizaciones hubieran sido incapaces de expresar. Este cálculo del tiempo estaba basado en una astronomía que pulía constantemente sus observaciones mediante cálculos repetidos incansablemente. Utilizando una especie de base estadística, los sacerdotes mayas obtenían resultados de una precisión desconcertante -con un margen de error de algunos segundos-, en su cálculo de las revoluciones astrales.

Hoy parece increíble que un pueblo fuera capaz de lograr tal grado de civilización, en un medio geográfico generalmente hostil y por un sólo grupo reducido de personas que constituían la elite dominante. Asombra comprobar que los mayas utilizaron el concepto abstracto del número cero unos 800 años antes que los europeos.

Pero el carácter excepcional del arte y de la arquitectura maya radica en un hecho paradójico. Antes de la Conquista española, los mayas no estaban influenciados ni por las civilizaciones occidentales ni por las de Extremo Oriente. No hubo contacto entre ambas orillas del Atlántico y del Pacífico, por lo que las culturas mesoamericanas se desarrollaron como una isla. No hubo intercambios entre el Viejo y el Nuevo Mundo. América no importó ni plantas comestibles ni animales domésticos, no hubo aportaciones técnicas, ni intercambios religiosos o culturales.

La arquitectura constituye, sin duda alguna, una de las más ricas expresiones artísticas que los mayas crearon para sus dioses y gobernantes. La interpretación de las obras arquitectónicas se ha ido enriqueciendo gracias a los considerables progresos realizados en el desciframiento de los jeroglíficos mayas. La lectura de los textos grabados sobre los edificios -estelas, dinteles, bajorrelieves, escalinatas, etc.- se ha hecho realidad gracias a los esfuerzos de muchos especialistas. Haber conseguido descifrar todas estas cosas ha supuesto una verdadera revolución en la interpretación del pasado maya.

 
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